Alergia cognitiva

 

 

Con el paso del tiempo reconozco en mí el repudio natural que tengo por ciertos conceptos creados por el ser humano y por los cuales, irónicamente, también he sido consumida. No me enorgullece, de hecho, me enferma, de esto hablé hace poco con algunas personas que, gracias al universo, todavía conservan la capacidad de pensar antes de reaccionar, personas que no parecen haber entregado por completo su criterio a la inmediatez.

En contravía al común denominador, pareciera que estamos sobreviviendo a algún tipo de violencia neuronal, ocasionada por el mundo y sus sujetos, la sociedad. Vivimos consumidos, atrapados, imposibilitados por el consumismo, la exacerbación, la saturación, el estrés y la ansiedad, sobrevivimos gracias a la desconexión, la disociación y la adicción. Es decir, tenemos nombres para casi todo aquello que nos enferma y, aun así, continuamos llamándolo normalidad, sin buscar sanar.

Quizá podríamos hacer una analogía y denominarlo, alergia cognitiva: una reacción inevitable ante la exposición prolongada a aquello que nos empobrece, porque nos estamos quedando sin criterio, sin silencio, sin pensamiento.

Consumimos opiniones prefabricadas, emociones instantáneas y problemas que alguien más decidió que deberían ser nuestros, nos alimentamos de una pobreza cognitiva que nos impide cuestionar, y con una obediencia, casi conmovedora, hemos convertido la escasez mental, emocional, espiritual y corporal, en nuestro plato favorito para desayunar, almorzar y cenar.

Estamos tan acostumbrados a la saturación que el silencio nos incomoda, tan acostumbrados a la estimulación que la calma nos parece aburrida, tan acostumbrados a responder inmediatamente que detenernos comienza a parecernos una falla personal.

¿Realmente es esto a lo que el mundo llama avance?
¿O es simplemente un retroceso disfrazado de objetividad?

Hemos construido un mundo para facilitarnos la vida y terminamos construyendo una vida que necesita ser facilitada constantemente.
Todo es urgente, todo requiere una respuesta, todo merece nuestra atención.
Todo debe ser consumido, compartido, comentado, producido, respondido, registrado.

Y quizá la parte más absurda, no es que el mundo nos obligue siempre a correr, sino que muchas veces somos nosotros quienes, después de haber aprendido a correr, sentimos culpa cuando queremos detenernos, porque cansarnos no es algo que podamos permitirnos ya.

Sin embargo, en alguna parte de la anatomía de un recuerdo, permanece la sensación de haber vivido de otra manera.

Un tiempo en el que esperar no era una tragedia, en el que no conocer algo inmediatamente no nos producía angustia, en el que estar solos no significaba estar desconectados del mundo. Un tiempo en el que podíamos sentarnos a no hacer nada sin sentir que estábamos desperdiciando algo.

Quizá incluso hubo un tiempo en el que podíamos respirar sin un cable USB conectado a nuestro corteza prefrontal.

A veces sospecho que simplemente hemos aprendido a ir más rápido hacia ninguna parte... Quizá por eso, siento que dejo de vivir, cuando al abrir mis ojos cada mañana no pienso en el cantar lejano de los pájaros, sino que mi mente empieza a trotar, en medio del afán de la rutina, se pierde la vitalidad que en mi interior había, como cuando en vez de colar el café con sutileza y lentitud, para sentir su olor y apreciar la temperatura del vapor que emana la olla, pienso en mil cosas más.

 ¿Cuánto de nosotros queda cuando ya no sabemos detenernos, escuchar el silencio ni reconocer aquello que alguna vez nos hacía sentir vivos?

Comentarios

  1. Anónimo9/05/2026

    Totalmente de acuerdo, añoramos tiempos más tranquilos, vivir los días sin pensar en su inevitable noche lejos del alcance de Saturno y el reloj de arena púrpura, sentirnos nuevamente como habitantes del presente y no como fantasmas temerosos de desaparecer al llegar el alba. Debemos luchar para no ser unos desposeidos y recuperar aquello que siempre fue nuestro.

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